domingo, 23 de octubre de 2016

Don Riggín Dapena Vidal

                  Dedicado a su esposa, Doña Mildred, e hijos, 
                y a sus amigos a quienes honró con su amistad.

    
      No fue fácil…divertido a veces; inquietante otras y siempre lleno de una complicación vivaracha, de una frase con la que remataba su línea de argumentación o mediante la cual eludía la victoria ajena.  La guerra de Corea y la legislatura popular de Muñoz Marín alimentaron y dieron mayor expresión a su patriotismo…uno ‘afincao’ en el nacionalismo.   
Escritor, columnista, precursor de analistas radiales; no dejó de ser contradictorio y controversial: tal vez, como él mismo estaría dispuesto a reconocer: terco como una mula.   Se ‘expatrió’ en las Galicias a los 65 años y regresó a su querido Ponce y más querida Borinquén a los 80.  En todas sus andanzas, siempre acompañado de una mujer que endulzaba y contrastaba su agudeza; Doña Mildred Joan.
    A mediados de los noventa coincidimos en la entrada de WEUC, sabíamos el uno del otro, pero no nos habíamos conocido personalmente.  Yo defendía el caso de los colegios cristianos, el cual recibió amplia cobertura en los medios y Riggín me dice, ‘van a perder’; yo le respondí, ‘vamos a ganar’.  Volvimos a vernos nuevamente en el primer nivel de Plaza del Caribe, en una actividad que reunía a escritores que habían publicado ‘a pulso’ sus libros; él me obsequió una copia de Crisol de mi Raza y yo a él de La Libertad tiene Precio.  Leí su libro de un tirón y considero que es una novela histórica que debería ser leída por todo estudiante puertorriqueño de escuela superior.  Luego nos vimos en otro centro comercial ponceño…fue cuando me dijo que se mudaba a España.  
    En algún momento intercambiamos nuestras direcciones de correos electrónicos y durante la década y media de ausencia desarrollamos una amistad que sobrepasó profundas discrepancias... ¿cómo no las íbamos a tener en temas de religión y política?  
Claro que cuando venía de visita a Puerto Rico, siempre llegaba hasta casa y almorzábamos juntos su especial pedido a mi esposa Luchy: chuletas fritas, arroz con habichuelas y tostones.
    Un día me envío un paquete por correo. Contenía tres campanitas colgantes y una bandera de Puerto Rico pintada en una planchuelita de madera.  En la nota que acompañó el obsequio me decía: ‘Te la paso a ti como un día me la pasaron a mí; colócala en algún lugar de tu hacienda.  Espero hagas con ella lo mismo cuando llegue el momento.’
Riggín vivió enamorado de su familia, de la Patria y de lo que hacía;  fue un romántico apasionado a quien era necesario entender.  La verdadera amistad nunca deja de ser.  Hasta siempre amigo. 

2 comentarios:

  1. Reconocimiento de un buen amigo, es la manera de hacerlo.
    Te felicito!!

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  2. “Cuando un amigo se va, deja un espacio vacío”… dice la canción. Cuando alguien como Riggin Dapena se va.. .deja todos los espacios llenos. Los hombres pasamos por este mundo, por este valle de incertidumbre y desconcierto, muchos sin dejar tan siquiera una huella. Otros, como Riggin, pisan duro, y sus huella son profundas y duraderas. Testimonio de sus amigos y como este hombre cabal quiso aportar con ellas al Puerto Rico que tanto amó.
    Rafin R. Mena

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